Tercer ejemplo de entrada

por Álvaro M. Angulo

Ice_Castle_Waterfall_-_Yoho_National_Park,_British_ColumbiaEn esta crisis en la que vivimos -porque unos pocos quieren seguir manteniendo su nivel de vida, ese ritmo por encima de sus posibilidades, todo sea dicho- una generación de españoles parece destinada al olvido. Una generación perdida afirman muchos. Un sacrificio debido a los malos tiempos que corren. Además de resultar la remesa de ciudadanos mejor preparada de la historia que, según nos insinúan o advierten, tiene que conformarse con sobrevivir hasta que escampe (si es que ocurre, que todo está por demostrar). O, como bien degustan de recordar, algo a regañadientes, optar por emigrar a buscarse el presente inmediato. Pero no todos podemos permitirnos el salir de nuestro país, o no queremos, por más que bien que nos acojan en Alemania o Inglaterra como mano de obra cualificada pero mucho más asequible.

“Los buenos gestores” encargados del éxito de la economía española -no olvidemos que hace menos de cinco años, e incluso dos años, éramos el ejemplo de prosperidad mundial- parecen bastante adecuados a la actualidad. Cada uno de ellos ha barrido poco a poco para sí, logrando encontrarse en una situación apropiada para afrontar la crisis. Que le pregunten a Urdangarín, por poner un ejemplo aleatorio, si se vivía mejor con varios millones en la cuenta y diversos puestos remunerados en multinacionales. Como también parece ser un destino preferente para antiguos altos cargos gobernantes, que al terminar sus mandatos se especializan en energías, eléctricas y derivadas del petróleo entiéndase no del trabajo, o cajas, cajas de ahorros o cúpulas bancarias no de esas de embalar objetos, encontrando un asiento esperándoles.

Estos representantes electos de la generación perdida entienden que nos conformaremos con lograr “tirar pa’lante”. Que dentro de un tiempo, por poner un ejemplo en tres años, que casualmente hay elecciones, habremos olvidado quiénes han gestionado esta situación. Planearan una agenda mediática tan provocadora o más como la presente en Cataluña, en donde la independencia eclipsa tanto que deslumbra a todos los afectados por los recortes de los partidos de derechas que gobiernan en dicha región. Con el miedo a llegar al ejemplo de Grecia, expoliada y hundida, y eso que es miembro de la UE que si no les habríamos bombardeado, o saqueado-bombardeado-y vuelto a saquear. Y envuelto en promesas de lograr mejorar en el futuro. No se tiene muy claro a qué futuro se refieren, si en un año, dos, una década, un lustro o un año luz; pero, si les hacemos caso, seguro (pero de verdad de la buena) que nuestro futuro será mejor. El suyo parece garantizado, el nuestro no tanto.

Una generación relegada a puestos que no tienen que ver con su formación. Una generación que tiene que rebajar sus expectativas salariales y adaptarse a lo que les echen. Una generación soberanamente preparada que descubre que los que poseen las empresas y generan empleo no tienen puestos de trabajo para ellos. Sí, esa generación de titulados sirviendo cafés y cobrando como becarios. Tanto que les gusta presumir de saber qué hacer para salir de la crisis, deberían replantearse si la ineficiencia no estará situada en los altos cargos y no en los trabajadores. Es de ellos de quién depende la gestión de las empresas. Y ellos también son responsables de plantear nuevos negocios que se adapten al presente. Volver a la receta del ladrillo que solo engorda el bolsillo de los grandes constructores, amén de empobrecer a los demás, no parece ser el guion a seguir para sobrellevar la crisis.

Nos exigen un acto de fe. Confiad en nosotros que sabemos qué es lo que hacemos y, además, no hay más camino por recorrer. Tenemos que creer que nos ayudarán. Que todo lo que están ejecutando repercutirá de forma positiva para nosotros. Pero creo que pronto se darán cuenta que no olvidaremos quiénes han sido los responsables de la crisis. Los que la crearon, los que la fomentaron, los que están sacando tajada, los que no han hecho nada por solucionarla. Todos ellos. Y no nos olvidaremos. Ni de sus nombres ni de sus apellidos. Porque les gusta perpetuarse en el poder, que sus herederos reciban su legado y vendernos que son igual de competentes que sus ancestros. Esa casta que se perpetúa en el poder, normalmente con un apellido compuesto para demostrar que son gran extirpe, volverá a ser la misma que nos vuelva a solicitar la confianza en ellos. Soberanamente

Puede que hayáis logrado que seamos una generación perdida, pero recordad que no seremos una generación que pierda la memoria. Nos acordaremos de todos vosotros. En una década seremos la mayoría de la población del país. Y tened claro que no nos olvidaremos de cómo nos habéis obligado a manteneros y, tal vez, os sorprenda cuando dejemos de creernos lo que nos contáis.

Publicado el 1 marzo, 2013 en Sin categoría. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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